Luis Buñuel nunca ha sido complaciente con sus personajes, nunca ha tenido piedad de ellos. No importa lo desgraciados, pobres, maltratados o jóvenes que estos sean, el director aragonés no duda en presentarlos egoístas, mezquinos, violentos... Porque el hecho de que uno sea una víctima no le garantiza la santidad.
Antes de escribir el guión de Los Olvidados (1950) junto a Luis Alcoriza, Luis Buñuel se documentó sobre el problema de los niños abandonados en México consultando los archivos de una escuela correccional. Según se puede leer en los créditos de la película, esta se basaba en personajes reales y todos los hechos narrados en ella son auténticos.
Los niños y adolescentes de Los Olvidados están obligados por su entorno a comportarse como adultos. Pero todos carecen de una imagen paterna que les sirva de modelo masculino: Al Ojitos (Mario Ramírez) lo ha abandonado su padre en la plaza del mercado, donde el niño sigue esperándole. Como dice Don Carmelo (Miguel Inclán), "no volverá. Estas cosas pasan todos los días. Hay mucha miseria y las bocas estorban". El Jaibo (Roberto Cobo) no conoció ni a su padre ni a su madre. Cacarizo (Efraín Arauz) y Meche (Alma Delia Fuentes) viven con su abuelo y su madre enferma. Pedro (Alfonso Mejía) no sabe quién es su padre y su madre (Estela Inda) le detesta. Cuando alguien le reprocha que no quiera a su hijo, ella responde: "Y por qué lo iba a querer? No conocí a su padre. Yo era una escuincle (niña) y ni siquiera pude defenderme". Julián (Javier Amézcua) tiene padre (Jesús Navarro) pero él es el auténtico cabeza de familia y el único que trabaja para mantenerlos a todos.
Los Olvidados es una película cruel no sólo por la realidad que muestra: niños abandonados que se convierten en asesinos, mujeres despreciadas, lisiados maltratados y maltratadores... sino también por la naturalidad con que lo hace, sin piedad ni aspavientos. Buñuel expone ante nuestros ojos a estas víctimas-verdugo sin condenarlas y sin justificarlas, con sus cosas buenas y malas, con sus carencias y sus excesos:
Niños que no dudan en arrebatar a un lisiado, al que le faltan las dos piernas, el carrito de ruedas con el que se desplaza. Niños que se traicionan y se matan entre ellos y atacan con piedras a un ciego que se defiende como puede con su bastón.
Pero el anciano ciego tampoco es un santo: Maltrata al Ojitos, que le sirve de lazarillo e intenta abusar sexualmente de la niña Meche que, a su vez, está dispuesta a agredirlo con unas tijeras.
Cine cruel de personajes peligrosos para sí mismos y para los de su propio grupo, como lobos. Son desgraciados, están hambrientos, son vulnerables y primitivos: se agreden con piedras y con palos, se matan con ellos. Abundan en la historia las armas blancas (Pedro trabaja de aprendiz en una cuchillería, el Jaibo roba un cuchillo, Meche porta consigo unas tijeras para defenderse de posibles agresores, el padre de Julián lleva un cuchillo en la mano cuando busca al asesino de su hijo, Pedro amenaza al Jaibo con un cuchillo,,, ) pero siempre se matan entre ellos con piedras y con palos.
Buñuel evitó mostrar la violencia y la sangre más allá de lo extrictamente necesario porque, seguramente, sabía que la violencia física no es más que la superficie de lo realmente importante: la crueldad interna, primaria, instintiva... Y que esta última se evidencia mejor mostrando, en lugar de la herida y la expresión del agredido, el gesto del agresor: el rostro del que golpea y mata sin alterarse, con la naturalidad de lo que se ha asumido como cotidiano.
